Cactus y Plantas Crasas

ORÍGENES, ESTRUCTURA Y ADAPTACIÓN DE LAS PLANTAS CRASAS

Posted on: julio 17, 2009

Se cree que los cactos son nativos de las junglas tropicales de Sudamérica.

Los científicos parecen haber comprobado también que de la especie denominada Pereskia, que posee un follaje ordinario, derivan la mayor parte de las plantas crasas.

Las plantas crasas han ido adaptándose a los cambios climatológicos, sobreviviendo a las sequías a causa de su capacidad de absorber y almacenar la humedad. Llevan a cabo esta absorción con gran rapidez, puesto que en las zonas áridas las precipitaciones se manifiestan en forma de aparatosos chaparrones de muy corta duración. El agua caída se evapora con gran rapidez o es absorbida golosamente por el suelo, increíblemente poroso. Las plantas crasas deben actuar, pues, con la máxima celeridad. Una vez adquirida esta propiedad (lo que les llevó largo tiempo) fueron ya capaces de conquistar nuevos territorios, apareciendo incluso en regiones en las que a menudo no cae ni una sola gota de agua en el curso de un año.
Al establecerse en zonas de gran aridez, los cactos fueron perdiendo su follaje. Una de las funciones que las hojas llevan a cabo es la transpiración y en los cactos ésta debe reducirse a un mínimo. Por tanto, los cactos poseen la capacidad de almacenar grandes cantidades de agua. Su cuerpo está constituido casi en un 90 % de humedad, la cual les resulta fácil de retener gracias a sus formas especiales (esféricas, por ejemplo). Muchas plantas crasas poseen una epidermis de considerable espesor, que a veces está recubierta todavía por una capa de cera o por una envoltura pelosa. La cantidad de poros con que cuentan es muy reducida y éstos se hallan situados muy por debajo de la piel. Gracias a estas medidas tomadas por la «madre naturaleza» la evaporación se reduce al mínimo. Como usted se habrá dado cuenta, todas sus características están orientadas a permitirles sobrevivir en un medio desproporcionadamente árido. Se calcula que la perdida de agua sufrida por un cacto es unas 6.000 veces menor que la experimentada por una planta de follaje normal.
Existen también algunas plantas crasas que se introducen bajo el suelo durante la estación seca. Ello es consecuencia a menudo de la disminución de tamaño sufrida por la raíz al secarse, lo que provoca la introducción del tallo en el terreno.
El comportamiento más original es el de las llamadas «plantas ventana». Así, sólo los extremos de las hojas de la Fenestraria se proyectan fuera del suelo; estos extremos cuentan con unas «ventanas», a través de las cuales penetra la luz del sol, para permitir el desarrollo de la fotosíntesis (proceso químico de producción de azúcares). Siento no poder extenderme más en la consideración de las funciones correspondientes a estos órganos.
En los Lithops (plantas con aspecto de piedra), las hojas viejas (normalmente sólo existe un par) protegen al nuevo par que se halla en desarrollo.
Algunos cactos poseen unas raíces tuberosas capaces también de almacenar humedad. Estas raíces suelen constituir un sistema profusamente ramificado, lo que repercute en un aumento de la superficie de absorción.
No todos los cactos son de forma esférica o cilindrica. Existen algunas especies (las Opuntias) en forma de espátulas, que desarrollan las funciones propias de las hojas. De hecho, los jóvenes retoños de algunas Opuntias producen una serie de pequeñas hojas que desaparecen cuando la planta va madurando.
Los cactos epífitos, que crecen en las ramas de los árboles sin extraer de ellas sus alimentos, suelen poseer mayor superficie de transpiración y se desarrollan en medios más húmedos que los preferidos por las demás especies.
Seguramente usted se preguntará cómo pueden alimentarse las diferentes especies de plantas crasas que carecen totalmente de hojas, puesto que la asimilación de los alimentos es una de las funciones más importantes desarrolladas por éstas. En primer lugar, digamos que, al crecer la mayoría de plantas crasas en zonas de gran luminosidad, les basta con disponer de una reducida superficie de asimilación. Muchos cactos se recubren además con una gran cantidad de verrugas y nervaduras, lo que representa cierto aumento de esta superficie. El proceso se agudiza en los cactos en forma de espátula, ya que sus «tallos» aplanados se sitúan irregularmente uno sobre otro. Se acepta normalmente que las púas (no se las debe llamar nunca espinas) que recubren a estas plantas tienen como función impedir que los animales se las coman. Esta teoría parece, en principio, aceptable, pero existen algunos animales, entre los que pueblan las zonas desérticas, capaces de comerse los cactos con púas incluidas. Un ejemplo lo tenemos en las iguanas de las islas Galápagos.
El vello que recubre ciertas plantas tiene una función similar. En este caso se cree que el vello protege a las plantas de la luz del sol o del frío excesivo. Sin embargo, ¿qué explicación encontramos entonces para el hecho de que en las cumbres de algunas montañas crezcan cactos de superficie tan lisa como la de las bolas de billar? ¿Y cómo se las arreglan para sobrevivir ciertas especies nativas de Sudáfrica que se hallan desprovistas del recubrimiento velloso?
Dejando ahora de lado a los cactos, diremos que a las demás plantas crasas se las separa a menudo en dos grupos, según sean las hojas o el tallo las partes en las que se forman sus depósitos carnosos. Existen además especies en las que este proceso se da a la vez en ambos miembros.
Como hemos visto, se conocen algunos tipos de cactos desprovistos de púas, pero, como contrapartida, existe una gran variedad de plantas crasas de otras especies que poseen un peligroso recubrimiento (ver la Euphorbia grandicornis y la Euphorbia pseudocactus). Las púas de los cactos varían considerablemente tanto en forma como en vigor. En algunos casos llegan a alcanzar los 10 cm de longitud (como, por ejemplo, en la Stetsonia coryne); en otros, poseen mayor anchura. Las especies del tipo de las Mamillarias y Ferocactus desarrollan unas púas ganchudas; en cambio, otros cactos cuentan tan sólo con un recubrimiento de vellos largos y plateados (Cephalocereus senilis). Algunos cactos de naturaleza trepadora (la Pereskia aculeata) utilizan sus púas para fijarse a otras especies.
Las púas pueden adoptar asimismo una gran variedad de colores. Existen cactos con púas rosadas, grises, negras, pardas, blancas y rojizas,
Al igual que en la mayor parte de las plantas crasas, el elemento que confiere mayor espectacularidad a los cactos son sus flores multicolores. El único color que no aparece nunca es el azul. Algunos poseen incluso flores verdosas o parduscas. En general, las inflorescencias de los cactos ejercen un gran poder de atracción sobre toda clase de insectos (destacando las abejas y las mariposas), así como sobre los colibríes y los murciélagos.
Las flores de algunas especies son de gran tamaño: unas pocas llegan a poseer un diámetro de 35 cm, pero también abundan las especies de flores enanas. Normalmente, las flores de los cactos crecen en solitario; suelen aparecer en los extremos y en algunas de las partes que han llegado ya a completar su desarrollo.
Un crecimiento desmesurado de las púas o de la capa vellosa suele preceder a la aparición de las flores. En algunos cactos, sobre todo en los pertenecientes a la especie de los Melocactus, se forma lo que se llama un cefalio. Se trata de una «cofia» de vello y púas, en la que se desarrollan las flores.
La función básica de las flores es la producción de semillas. No debemos olvidar que la preservación de las especies resulta de vital importancia. Los frutos que contienen las semillas son de colores y formas variadísimas. Muchos de estos frutos pueden incluso comerse. Los pájaros y las hormigas se alimentan de algunos de ellos, colaborando en el proceso de distribución de las semillas.
La forma, el color y el tamaño de las semillas son tan variados como los de los propios cactos. La germinación puede tardar desde una semana a varios meses. Las Euforbiáceas expulsan violentamente sus semillas al exterior, mientras que las plantas de la especie Stapelia poseen, en cambio, una especie de plumaje que favorece la dispersión de aquéllas.
Espero que las líneas precedentes le hayan proporcionado una idea somera de las distintas variaciones que presentan las plantas crasas. Para terminar este capítulo me referiré rápidamente a las oscilaciones del tamaño. Algunos cactos (la Carnegiea, por ejemplo) pueden llegar a alcanzar alturas de 20 a 25 m y algunas Euphorbias se convierten incluso en verdaderos árboles. Por otra parte existen también plantas crasas enanas, como la Rebutía minúscula y los Lithops.

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